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Centre d’Estudis Freudians de Girona

 

 

 

     José Miguel Pueyo

 

P: ­¿Nos podría decir cómo surgió la idea de crear una asociación de psicoanálisis y cuál es su objetivo fundamental?

J. Pueyo: Interés por el psicoanálisis no ha faltado en la ciudad. Prueba de ello es la asistencia a los cursos y seminarios impartidos los últimos años. El Centre d´Estudis Freudians de Girona responde ahora a la necesidad sentida por muchos de crear condiciones mejores para la transmisión y la formación psicoanalíticas.

 

P: ¿Qué actividades se proponen desarrollar y de qué medios disponen?

J. Pueyo: Queremos que nuestra sede sea un lugar de encuentro para los debates constantes que parecen acuciar a los sectores implicados en la salud mental. La biblioteca facilita ya la lectura, lo mismo que la investigación a quien lo desee.

Pensamos desarrollar los objetivos propuestos con las cuotas de los asociados. La Asociación no tiene fin lucrativo, aunque seremos los primeros en dar la bienvenida a cualquier aportación.

Las comisiones que conforman la base de la Asociación programarán las actividades que aseguren un conocimiento adecuado de las disciplinas que interesan al psicoanalista (lingüística, lógica, topología, historia de la cultura y del pensamiento, epistemología, etc.), así como cursos y seminarios específicamente psicoanalíticos. Pero por encima de todo nos interesa destacar los problemas que comporta una verdadera enseñanza del psicoanálisis a la hora de decidir que es «ser psicoanalista».

 

         

 

P: ¿Es necesaria la formación médica o psicológica para ejercer el psicoanálisis?

J. Pueyo: Si me pregunta qué formación o título, que como se sabe son cosas distintas, debe poseer alguien, le diré que es un problema que no me preocupa. Y no me preocupa porque se trata de la cuestión que siempre ha preocupado a los que han querido limitar el ejercicio del psicoanálisis, por cierto, sobre la base del liberalismo más cínico, el liberalismo doctrinal. Freud, acertadamente, fue intransigente en cuestiones teóricas contrastadas y a la demanda del futuro psicoanalista, de aquel que llevaba un tiempo en análisis, esto es ¿cuándo puedo analizar? respondía: cuando Ud. quiera, los problemas que se presenten ya los iremos solventando.

La psiquiatría y la psicología son absolutamente necesarias, pero la cuestión es ¿por qué? El conocimiento de la psiquiatría, más incluso de la historia de la locura, tanto como la subjetividad de cada época histórica, y de la psicología son necesarios, son necesarios ¿para qué?. Fundamentalmente para marcar mejor las distancias que separa, aquello que aleja radicalmente al psicoanálisis de las psicoterapias, así como de cualquier ideología.

Cabe añadir que la escucha psicoanalítica tiene como condición, por parte del psicoanalista, «olvidar lo que sabe», así como dejar de lado sus voluntades. Es decir, si el psicoanalista está pensando, ¿qué le ocurre, qué quiere, qué necesita...?, como habitualmente se dice, la persona que tiene enfrente, difícilmente podrá escucharla, le será imposible reconocer los significantes-síntomas que rigen la existencia de ese mismo sujeto-al-deseo, de ese sujeto que es hablado por el Otro, por el inconsciente que le habita. Y si el psicoanalista, al pensar, al estar entretenido en tales cuitas no escucha, sus intervenciones serán ideológicas y, por lo mismo, al tratamiento le faltará el fundamento ético por el cual el sujeto que nos confía su sufrimiento tiene la posibilidad de deshacerse de las identificaciones patógenas que están destrozando su vida.

En otras palabras y con la claridad que merece la cuestión, la dirección del paciente hacia un hipotético fin ideal (que podría ser muy bien el del mismo terapeuta..., si es de derechas, amante de la izquierda, humanista, feminista o todo lo contrario, esto es su ideología, su manera de pensar, su modo de ser en mundo que se trasluce en el tratamiento, y que es lo que define el concepto «deseo de un analista») constituye justo lo contrario a la «dirección de la cura» fundamentada en el deseo contra el goce mortificante que padece el sujeto («deseo del psicoanalista»).

Esto último es el alfa del psicoanalista, el deber de aquel que ejerce una práctica digna de ese nombre. La práctica psicoanalítica está presidida por una ética que excluye todo tipo de engaño e impostura de los tradicionales y más modernos discursos de dominio, de poder, entre los que se cuentan las modas psicológicas, enmascaradas por todo tipo de maquillajes culturales, como las que proceden de oriente y los no menos aprovechadas que conciernen a lo políticamente correcto, y qué decir de los denominados libros de autoayuda, así como los ideales que proponen poner el «cuerpo en forma» ignorando que no es por ese medio, ni tampoco por cambiar de ciudad, que uno puede curar el espiritu, pues con esto sólo logrará poner un parche más en su vida, a partir de lo cual únicamente le cabrá esperar, generalmente lo peor.  

El narcisimo es otro de los est-rasgos que debería obviar el psicoanalista para diferenciar su práctica de cuantas psi pululan en el mercado, y poder afirmar que su ejercicio es digno de ese nombre. Mas no sólo debe hacerlo el psicoanalista en el tratamiento, sino también en el psicoanálisis en extensión, en lo que sería la propagación del psicoanálisis y en general de cuanto atañe al ámbito de la política de nuestra disciplina. Cabe incidir en esto porque entre otras cosas cada día más los discursos de dominio murmullan sibilinamente a la oreja del psicoanalista, o sea intentan tentarlo con sus conocidos oropeles, y aquellos a los que le fallan los fundamentos intelectuales y éticos caen de pleno en las garras del león, y, por lo mismo, en no pocas ocasiones el cazador piensa ilusoriamente que es él quien ha cobrado la pieza. Lo que suele ocurrir en estos casos es un retorno, no precisamente a Freud, sino a la política, a la táctica y a los procedimientos que tuvo que excluir el psicoanalista vienés para desenterrar la verdad del sujeto humano, del sujeto escarnecido desde sus orígenes por el abuso de los discusos de dominio, de la impostura y el engaño.

Por otra parte, la lingüística y sobre todo la redefinición de sus conceptos operada por el psicoanálisis nos interesa porque la cura psicoanalítica tiene como único medio la palabra. Y la palabra, como se habrá entendido, no es en psicoanálisis un ardid para la sugestión y el adoctrinamiento, como ocurre en los ámbitos interesados en la cuestión de la salud mental. Mientras que la lógica y la topología permiten dar cuenta de la experiencia psicoanalítica conforme a los desarrollos teóricos alcanzados por Jacques Lacan, en fin, a partir de ese ideal tan fundamental como meritorio de obviar lo imaginario mediante el rigor del mathema.

 

 

    

 

 

P: Se reprocha al psicoanálisis de ser privativo de una clase social y que se olvida de las instituciones públicas encargadas de la salud mental, ¿qué puede decirnos al respecto?

J. Pueyo: Esta crítica, como tantas otras basadas en el desconocimiento del psicoanálisis y frecuentemente en el malestar del crítico, cuando no de algo ciertamente peor, es propia de aquellos que quieren psicoterapia para pobres, y se demanda generalmente no tanto desde la práctica privada sino desde la institucional, desde la seguridad de la soldada de quien ocupa un puesto público.

El confusionismo, más allá de ese sórdido y por supuesto aprovechado dislate, es absoluto. Sobre todo porque se sigue pensando que el psicoanálisis es un servicio social, por consiguiente, económico; o bien un consumo banal, o un consumo lujoso. No pensar la cuestión del dinero en psicoanálisis ha llevado a reducir todo al precio. ¿Qué debe pagarme?, se preguntan algunos, también entre los psicoanalistas: «servicio por servicio». Habría que entender que en ocasiones se paga al psicoanalista para que calle, y que si acepta ese deseo es para revelar un día, en el momento oportuno para el Otro, el goce mortificante que determina la vida del analizante, de aquél que nos lo confía.

Son las instituciones las que hacen todo lo posible para olvidarse de la verdad del sujeto que pone al descubierto el psicoanálisis, y con la impostura y la incomprensión aparecen los tópicos del dinero, el tiempo... Y si las instituciones acogen al psicoanálisis, sería necesario saber ¿de qué psicoanálisis se trata?, ¿qué es lo que se le demanda al psicoanalista?, ¿y qué función y cuál es la autonomía que se le confiere? Y es que el amo raramente se despita, pocas veces está dormido, y en todo caso siempre tiene el recurso de rectificar dejando con un palmo de narices al aplicado candidato..., lo hemos visto, el psicoanalista puede hacer de la pasión de la ignorancia su ideal y ser tan perverso como a quien él atribuye aprovechada e histéricamente la posición de amo.

 

                                                

                                                       

En las instituciones clásicas para el tratamiento de las enfermades psíquicas se trata básicamente del ámbito de la forclusión, del no querer saber nada del modo más radical, de la pasión de la ignorancia, de olvidarse de la historia del sujeto, de excluir el deseo a favor de la necesidad, ésta puramente animal, de contravenir la ética en favor de la moral más trasnochada o de las variantes que propone la globalización capitalista.

No es pues al psicoanálisis al que hay que reprocharle que un sector de la población sea objeto de procedimientos empíricos y de técnicas cognitivas y conductuales que hacen casi siempre de la etología, esto es, del comportamiento animal su fundamento teórico y la condición de una práctica clínica que va en contra del sujeto descubierto por Freud en el recodo de los siglos, del sujeto, en fin, al que el psicoanálisis le ofrece una nueva y única oportunidad de vivir la vida del deseo de la forma más digna.