
Tengo el placer de presentarles los temas de esta Jornada de
Psicoanálisis, a los ponentes y si me lo
permiten haré una introducción a la misma.
En primer lugar quiero indicar que el tema que hoy nos convoca, La
mujer o
el deseo del Otro, constituye una continuación de
Hoy abordaremos asimismo un tema no menos crucial y, sin duda, más
propenso a la controversia. Hablaremos de la mujer, de las ideas que sobre la
mujer han pesado en las mentalidades y, por su puesto, de los descubrimientos
psicoanalíticos. Para ello se ha estructurado
Jordi Fernández hablará de Ideología, género y sexo. A
continuación Pedro López lo hará de los Discursos sobre la mujer. Y, por
último, José Miguel Pueyo, desarrollará
Como acabo de señalar mi deseo es trazar al menos unos rasgos sobre lo
que he denominado La anécdota filológica.
La anécdota a la que me refiero es una
anécdota que sin duda muchos de ustedes conocen, ya que concierne a una
conferencia que dio Freud en el ilustre Colegio de Médicos de Viena en el año
1886.
La
intención de Freud en aquella conferencia en el Colegio de Médicos era presentar
a sus colegas y profesores de Universidad un cuadro clínico normalizado de la
histeria, aunque hizo hincapié en todo lo
referente a la histeria en el varón.
La cuestión aquí es que las aportaciones que
hizo el joven Freud, no fueron bien acogidas en
En
resumen, según el catedrático de psiquiatría la histeria era una
enfermedad que sólo podían padecerla las mujeres, y lo más importante, que sólo
podían padecerla las mujeres por esa razón biológica,
o sea, por tener útero.
La anécdota
concluyó con un desafío del viejo catedrático a Freud, desafío que Freud aceptó.
Se trataba de demostrar a través
de un caso clínico la existencia de la histeria en el varón. Pero el comentario
del catedrático no fue sin consecuencias negativas para aquel joven médico que
era Freud, ya que los directores de los hospitales le negaron uno
tras otro que observara a los enfermos para realizar su informe. Sólo uno le
abrió las puertas de su hospital, y así consiguió Freud realizar su primer
trabajo clínico, al que tituló Observación de un caso severo de
hemianastesia en un varón histérico, y en el que
expuso la histeria traumática del paciente «Augusto P».
Una vez hubo concluido su informe, Freud solicitó que se le permitiera
presentarlo en
Respecto al viejo catedrático que incriminó al joven Freud, podemos
decir algo. Podemos decir algo acerca de su saber, y lo que hay que decir es
que no sabía nada sobre la histeria, y por otro lado, que su pretendida
erudición etimológica era del todo imaginaria respecto a la histeria. Y algo
más, algo que me parece sumamente importante como es el peso ideológico que
soportaba, el peso de la sacralización del saber, de la sacralización del
imaginario saber que sobre la histeria tuvieron Hipócrates y Platón, entre
otros grandes hombres de la cultura.
En otras palabras, el viejo catedrático
soportaba la pesada carga de esa pasión del Yo que es la ignorancia, en este
caso de la doctrina de la histeria que prevaleció hasta Freud.
Ignoraba también el viejo catedrático que el
nombre histeria no tuvo su origen en Grecia, sino en el Egipto faraónico. En la
obra La histeria. Del discurso del amo al discurso del psicoanalista, el
Dr. José Miguel Pueyo, así lo demuestra, es decir demuestra que en los papiros
médicos egipcios ya existía el binomio mujer-histeria, binomio cuyo nexo es el
órgano genital de la mujer.
La primera y más importante consecuencia de
esta demostración es que Hipócrates de Cos, el comúnmente conocido como padre de
la medicina racional, copió palabra por palabra la teoría autotoxémica de los
fluidos corporales y la doctrina visceral-uterina de los antiguos
médicos egipcios.
Este plagio carecería tal vez de importancia
de no ser porque Platón, considerado
por algunos el padre de la filosofía e incluso el filósofo más influyente de la
historia, propagó la teoría que había
asumido de Hipócrates. Y hay que recordar que, a su vez, aquellas imaginarias
ideas fuero
n aprovechadas por un discurso que tanto peso tuvo en el medioevo
como fue el cristiano, un discurso de dominio que tuvo consecuencias funestas
para muchas mujeres en lo que se conoce como la «caza de brujas» de
Una prueba entre las muchas que se podrían
citar del predicamento de las imaginarias ideas de los médicos y de los
filósofos acerca de la mujer, es la que se recoge en la conocida obra de
Françoise Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, editada a mediados del siglo
XVI. Allí se puede leer como Panurgo, el protagonista, reúne a sus mejores
amigos en torno a un gran festín con el deseo de resolver una duda que le
asediaba: si debía o no casarse, y en caso afirmativo si llegaría a ser cornudo.
La respuesta a la pregunta de Panurgo vino del padre Hipotadeo, que le dijo:
«eso depende de la voluntad divina». No satisfecho con las explicaciones del
clérigo, Panurgo consultó a Rondibilis, quien por ser médico debía conocer el
asunto con exactitud científica. El galeno le respondió que Hipócrates, yendo un
día a visitar al filósofo Demócrito a Lango, escribió una carta a Dioniso, su
antiguo amigo, en la que rogaba que durante su ausencia llevara a su mujer a
casa de sus padres, gente honorable, no queriendo que ella se quedara sola, pero
que además la espiara escrupulosamente porque, aunque no desconfiaba de la
virtud y el pudor que hasta entonces le había demostrado, no olvidaba que era
mujer. Rondibilis le dijo asimismo a su amigo Panurgo que cuando hablaba de la
mujer se refería a un sexo tan frágil, tan variable, tan mudable, tan
inconstante e imperfecto, que le parecía que la naturaleza, cuando la formó,
perdió el buen sentido con que había creado y formado todas las cosas y que
después de pensarlo cien y quinientas veces llegó a la conclusión que al hacer a
la mujer, había atendido a la social delectación del hombre y a la perpetuación
de la especie
humana mucho más que a la perfección de la individualidad femenina.
Mas Rondibilis no se quedo ahí, pues
explicó a su amigo Panurgo que al mismísimo Platón le era difícil definir a
las muje
res,
aunque no andaba errado cuando afirmó que la naturaleza les había puesto en el
cuerpo y en lugar secreto e interno un animal, un órgano del que carecían los
hombres, en el que algunas veces se
engendraban humores salados, nitrosos, borácicos, acres, mordientes, lacinantes,
amargantes cosquilleantes, a causa de cuya
picazón e inquietud dolorosa de los cuales, pues este órgano era muy
nervioso y de sensibilidad muy acusada, todo el cuerpo se conmueve, los sentidos
se despiertan, las pasiones se exacerban y los pensamientos se confunden,
de suerte que si la naturaleza no les hubiera puesto en la frente un poco de
vergüenza, las veríais correr como locas tras el remedio de un modo más horroroso
de lo que hicieron nunca las Proetidas, las Mimallonidas, ni las Thyadas
báquicas en el día de las bacanales, porque ese terrible animal está en conexión
con todas las partes principales del cuerpo, según evidencia la anatomía.
Inconmovible, en fin, la sinonimia
mujer-histeria, así como la descripción de la naturaleza, el carácter y la
función de la mujer por un médico renacentista.
Llegados a este punto quizá alguno de
ustedes considere que mi discurso es anacrónico, que lo que acabo de decir
pasaba en el Renacimiento y que desde entonces ha llovido mucho, o sea, que hoy
es otro el saber acerca de la histeria y de la mujer.
Nada más cierto. Hoy es otro el saber acerca
de la histeria y de la mujer. Pero habría que añadir que eso es así gracias a
Freud, gracias a que el primer psicoanalista demostró que la electroterapia
(esto es, los electrochoques) eran un fraude, tanto como las hipnosis, por
estar basados en el aprovechamiento de la transferencia, y que las drogas
(fármacos), sin bien el hombre no podría vivir sin ellos, no curan las enfermedades
mentales.
Deseo terminar con tres afirmaciones que sin duda serán retomadas hoy:
. La primera es que la mujer no es la
histeria.
. En segundo lugar que la mujer tiende a
la histeria de la misma manera que el varón a la neurosis obsesiva.
. Y por último que la histeria permite
comprender la estructura del deseo humano. Es decir, el deseo histérico,
insatisfecho de modo radical, es el mejor referente para entender el deseo
humano.
Doy pues la palabra a Jordi Fernández.
Girona, 29 de noviembre de 2000