anecdota

 

 

 

 

 

LA  ANÉCDOTA  FILOLÓGICA

 

                                                                                  

 

 

 

 Buenas tardes. Mi nombre es Gerda Kochańska, soy estudiante de filología y lectora de Freud y Lacan.

    Tengo el placer de presentarles los temas de esta Jornada de Psicoanálisis, a los ponentes y si me lo permiten haré una introducción a la misma.

En primer lugar quiero indicar que el tema que hoy nos convoca, La mujer o el deseo del Otro, constituye una continuación de la Jornada que el Centre d’Estudis Freudians organizó el pasado mes de marzo, y cuyo título fue La Función del Padre. En aquella ocasión se incidió en la Función del Padre como efecto normativizante, así como en las manifestaciones morbosas determinadas por el fallo o la ausencia total de esa función que, como sabemos desde Freud y la clínica nos los recuerda, preside y determina la manera de ser de todos y cada uno de nosotros.

   Hoy abordaremos asimismo un tema no menos crucial y, sin duda, más propenso a la controversia. Hablaremos de la mujer, de las ideas que sobre la mujer han pesado en las mentalidades y, por su puesto, de los descubrimientos psicoanalíticos. Para ello se ha estructurado la Jornada en tres partes, además de esta introducción que versará sobre lo que he llamado La anécdota filológica.

   Jordi Fernández hablará de Ideología, género y sexo. A continuación Pedro López lo hará de los Discursos sobre la mujer. Y, por último, José Miguel Pueyo, desarrollará la Lógica de la sexuación. Por último, abriremos un espacio para las preguntas y la discusión.

     Como acabo de señalar mi deseo es trazar al menos unos rasgos sobre lo que he denominado La anécdota filológica.

     La anécdota a la que me refiero es una anécdota que sin duda muchos de ustedes conocen, ya que concierne a una conferencia que dio Freud en el ilustre Colegio de Médicos de Viena en el año 1886.

     La intención de Freud en aquella conferencia en el Colegio de Médicos era presentar a sus colegas y profesores de Universidad un cuadro clínico normalizado de la histeria, aunque hizo hincapié en todo lo referente a la histeria en el varón.

     La cuestión aquí es que las aportaciones que hizo el joven Freud, no fueron bien acogidas en la Sociedad de medicina. Tanto es así que un catedrático le replicó que lo que había dicho constituía una soberana incongruencia: ¡Pero cómo se le ocurre a usted afirmar que el hombre puede ser histérico! Aquel catedrático defendió su idea argumentando que la palabra histeria procedía del griego, hystera, que significaba útero, y dado que el hombre no tenía ese órgano anatómico, lógicamente no podía ser, de manera alguna, histérico.

     En resumen, según el catedrático de psiquiatría la histeria era una enfermedad que sólo podían padecerla las mujeres, y lo más importante, que sólo podían padecerla las mujeres por esa razón biológica, o sea, por tener útero.

     La anécdota concluyó con un desafío del viejo catedrático a Freud, desafío que Freud aceptó. Se trataba de demostrar a través de un caso clínico la existencia de la histeria en el varón. Pero el comentario del catedrático no fue sin consecuencias negativas para aquel joven médico que era Freud, ya que los directores de los hospitales le negaron uno tras otro que observara a los enfermos para realizar su informe. Sólo uno le abrió las puertas de su hospital, y así consiguió Freud realizar su primer trabajo clínico, al que tituló Observación de un caso severo de hemianastesia en un varón histérico, y en el que expuso la histeria traumática del paciente «Augusto P».

   Una vez hubo concluido su informe, Freud solicitó que se le permitiera presentarlo en la Sociedad de médicos. Y lo presentó, en efecto. Pero aquel día nadie le prestó atención. La respuesta de Freud ante aquella falta de rigurosidad académica fue no volver jamás a la Sociedad médica de Viena.

   Respecto al viejo catedrático que incriminó al joven Freud, podemos decir algo. Podemos decir algo acerca de su saber, y lo que hay que decir es que no sabía nada sobre la histeria, y por otro lado, que su pretendida erudición etimológica era del todo imaginaria respecto a la histeria. Y algo más, algo que me parece sumamente importante como es el peso ideológico que soportaba, el peso de la sacralización del saber, de la sacralización del imaginario saber que sobre la histeria tuvieron Hipócrates y Platón, entre otros grandes hombres de la cultura.

   En otras palabras, el viejo catedrático soportaba la pesada carga de esa pasión del Yo que es la ignorancia, en este caso de la doctrina de la histeria que prevaleció hasta Freud.

   Ignoraba también el viejo catedrático que el nombre histeria no tuvo su origen en Grecia, sino en el Egipto faraónico. En la obra La histeria. Del discurso del amo al discurso del psicoanalista, el Dr. José Miguel Pueyo, así lo demuestra, es decir demuestra que en los papiros médicos egipcios ya existía el binomio mujer-histeria, binomio cuyo nexo es el órgano genital de la mujer.

   La primera y más importante consecuencia de esta demostración es que Hipócrates de Cos, el comúnmente conocido como padre de la medicina racional, copió palabra por palabra la teoría autotoxémica de los fluidos corporales y la doctrina visceral-uterina de los antiguos médicos egipcios.

   Este plagio carecería tal vez de importancia de no ser porque Platón, considerado por algunos el padre de la filosofía e incluso el filósofo más influyente de la historia, propagó la teoría que había asumido de Hipócrates. Y hay que recordar que, a su vez, aquellas imaginarias ideas fueron aprovechadas por un discurso que tanto peso tuvo en el medioevo como fue el cristiano, un discurso de dominio que tuvo consecuencias funestas para muchas mujeres en lo que se conoce como la «caza de brujas» de la Santa Inquisición. Es decir, que el más triste episodio de la historia del cristianismo está presidido por la idea de que la mujer era inferior en todo al varón y que era débil por naturaleza, como con tanto ahínco gustaba defender a Hipócrates y a Platón.

   Una prueba entre las muchas que se podrían citar del predicamento de las imaginarias ideas de los médicos y de los filósofos acerca de la mujer, es la que se recoge en la conocida obra de Françoise Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, editada a mediados del siglo XVI. Allí se puede leer como Panurgo, el protagonista, reúne a sus mejores amigos en torno a un gran festín con el deseo de resolver una duda que le asediaba: si debía o no casarse, y en caso afirmativo si llegaría a ser cornudo. La respuesta a la pregunta de Panurgo vino del padre Hipotadeo, que le dijo: «eso depende de la voluntad divina». No satisfecho con las explicaciones del clérigo, Panurgo consultó a Rondibilis, quien por ser médico debía conocer el asunto con exactitud científica. El galeno le respondió que Hipócrates, yendo un día a visitar al filósofo Demócrito a Lango, escribió una carta a Dioniso, su antiguo amigo, en la que rogaba que durante su ausencia llevara a su mujer a casa de sus padres, gente honorable, no queriendo que ella se quedara sola, pero que además la espiara escrupulosamente porque, aunque no desconfiaba de la virtud y el pudor que hasta entonces le había demostrado, no olvidaba que era mujer. Rondibilis le dijo asimismo a su amigo Panurgo que cuando hablaba de la mujer se refería a un sexo tan frágil, tan variable, tan mudable, tan inconstante e imperfecto, que le parecía que la naturaleza, cuando la formó, perdió el buen sentido con que había creado y formado todas las cosas y que después de pensarlo cien y quinientas veces llegó a la conclusión que al hacer a la mujer, había atendido a la social delectación del hombre y a la perpetuación de la especie humana mucho más que a la perfección de la individualidad femenina.

Mas Rondibilis no se quedo ahí, pues explicó a su amigo Panurgo que al mismísimo Platón le era difícil definir a las mujeres, aunque no andaba errado cuando afirmó que la naturaleza les había puesto en el cuerpo y en lugar secreto e interno un animal, un órgano del que carecían los hombres, en el que algunas veces se engendraban humores salados, nitrosos, borácicos, acres, mordientes, lacinantes, amargantes cosquilleantes, a causa de cuya picazón e inquietud dolorosa de los cuales, pues este órgano era muy nervioso y de sensibilidad muy acusada, todo el cuerpo se conmueve, los sentidos se despiertan, las pasiones se exacerban y los pensamientos se confunden, de suerte que si la naturaleza no les hubiera puesto en la frente un poco de vergüenza, las veríais correr como locas tras el remedio de un modo más horroroso de lo que hicieron nunca las Proetidas, las Mimallonidas, ni las Thyadas báquicas en el día de las bacanales, porque ese terrible animal está en conexión con todas las partes principales del cuerpo, según evidencia la anatomía.

   Inconmovible, en fin, la sinonimia mujer-histeria, así como la descripción de la naturaleza, el carácter y la función de la mujer por un médico renacentista.

   Llegados a este punto quizá alguno de ustedes considere que mi discurso es anacrónico, que lo que acabo de decir pasaba en el Renacimiento y que desde entonces ha llovido mucho, o sea, que hoy es otro el saber acerca de la histeria y de la mujer.

   Nada más cierto. Hoy es otro el saber acerca de la histeria y de la mujer. Pero habría que añadir que eso es así gracias a Freud, gracias a que el primer psicoanalista demostró que la electroterapia (esto es, los electrochoques) eran un fraude, tanto como las hipnosis, por estar basados en el aprovechamiento de la transferencia, y que las drogas (fármacos), sin bien el hombre no podría vivir sin ellos, no curan las enfermedades mentales.

 

Deseo terminar con tres afirmaciones que sin duda serán retomadas hoy:

. La primera es que la mujer no es la histeria.

. En segundo lugar que la mujer tiende a la histeria de la misma manera que el varón a la neurosis obsesiva.

. Y por último que la histeria permite comprender la estructura del deseo humano. Es decir, el deseo histérico, insatisfecho de modo radical, es el mejor referente para entender el deseo humano.

 

Doy pues la palabra a Jordi Fernández.

                                                                                                                                        

Girona, 29 de noviembre de 2000