El «quijotismo» de Albert Serra, cineasta bañolense
Por José Miguel Pueyo
No pocos años han pasado desde
que yo hacía poco más que jugar a las chapas, al taco y con menos dedicación a
las canicas. Así pasaba el tiempo al tiempo que por esas diversiones los cromos
y canicas dejaban calmos unas manos para ser acogidos por otras apetentes, y
por muchas razones pero sobre todo por miedo a comprobar en mi filiforme
complexión una vez más el carácter de mi padre, –y aunque ir a la escuela no
era lo que en realidad importaba pues sin excepción se trataba del
«motivo», siempre según el
sentido que le otorgaba mi progenitor, esto es, dependiendo del día así era su
disposición hacia mi–, yo, por lo que vengo relatando, asistía disciplinado a
la escuela; y en la distancia, al recordarlo, puedo asegurarles que no violento
ni un ápice las cosas.
Sorpresa
y no poca fue para muchos de nosotros cuando a mediados de marzo (seguro que me
equivocaría en el año mas no es
el caso del mes por el incontenible deseo de desgañitarme por
mayo cantando a coro «Con flores a María…») nos conminó don Federico,
circunspecto como era, a leer, y hasta final de aquel curso, los lunes y los
jueves y durante toda la mañana a un clásico español.
«Dios quiera –espectó secamente– que el Quijote de
¡Vaya libro…, y gordo que era
el condenado! Tanto como Sancho, nombre que invariablemente y desde aquel día
me trae a la memoria a quienes con no poca dificultad y sin otros medios que
los naturales pueden verse las puntas de los pies. ¡Y mira que arremeter contra
los molinos de viento!..., el espigado hidalgo de

Y así fue, o sea de tal
suerte, como hace unos meses me pasaron una entrevista cuyo autor, más por ser
de la capital del «Pla d’Estany», encantadora localidad que por tantas cosas no me es ajena, leí sin
demora. Albert Serra, el entrevistado, tenía, además, como yo, una particular relación con el Quijote. Yo concluí,
confieso que no sin pensar más de una vez en la renuncia, la obra magna del
«Manco de Lepanto», y quiero creer que a él hubo de sucederle algo parecido.
Pero aquel joven me superaba al menos porque había hecho una película, aunque
no del Quijote, ni sobre el Quijote, y no sólo porque se trataba de
una adaptación absolutamente libre, sino porque según sus palabras «su trabajo
no era la narración de una aventura, sino la aventura de una narración».
Sin haber visto la película,
tal como yo procedía en esa fecha, aquella afirmación me hizo pensar que en
vano hallaría en «Honor de cavalleria» (2006), opera prima de aquel autor
novel, aunque ya conocido por el bodrio de su primer largometraje,
«Crespià, the film not
de village»
(2002), el relató de la historia del ingenioso hidalgo don Quijote de
Todo indica que la abundancia
de medios económicos, materiales y personales no garantizan nada. Al menos para
poco sirvieron los 32 millones de dólares con los que contaba Terry Gilliam, para filmar «El hombre que mató a
Don Quijote»,
aunque justo es indicar que los elementos se aliaron contra el director inglés,
en esta ocasión en forma de ruido atronador de los aviones sobrevolando el
cielo en pleno rodaje y de diluvio
universal cayendo sobre las Bárdenas (Navarra), y al mismo tiempo que
los afectados contemplaban impotentes como los decorados y equipos caían
destrozados, una hernia discal llevaba al hospital a Jean Rochefort, el actor
que encarnaba a Alonso Quijano, por cabalgar a un indomable Rocinante. De tales
desventuras la película de uno de los
miembros de los míticos Monty Python devino inconexo documental, «Lost
in 
Quizá por lo que he comentado,
Albert Serra dejó en su proyecto casi todo al azar, digo casi todo ya que el
rodaje coincidió con la conmemoración de IV centenario del Quijote
(¿casualidad?), y porque los técnicos no eran, a diferencia de los actores, unos desconocidos (el montador David Gallart, lo fue de «Smoking Room», el buen
hacer del director de fotografía, Christophe Famarier, lo garantizaba su premio
Photopress, mientras que la parte musical estuvo a cargo del prestigioso
productor Cristian Vogel); sea como fuere lo cierto es que no se puede decir
que las cosas le hayan ido mal al realizador bañolense. Ahí están los premios,
así como las alabanzas, si bien concisas, del crítico de
«Cahiers de Cinéma», Jean Douchet, quien sin empacho se atrevía
a decir que era la mejor adaptación de la obra del más célebre descendiente de
conversos e hijo de cirujano al cine, con lo cual, o sea, de ser esto cierto,
el trabajo de Albert Serra nada tendría que ver con el del novelista francés
Pierre Menard (1872-1939), quien en lugar de escribir una obra original, se
propuso escribir el «Quijote» de Cervantes; sin embargo, el cineasta bañolense
no tiene poco, como veremos, de «menardismo». Y del mismo modo que Philippe
Azony loaba la película en las páginas de «Libération», el redactor jefe del semanario «Les Inrockuptibles», Serge Kaganski, en un
arrebato a favor del «arte y ensayo» y en contra del cine comercial, aseveraba
con delectación que «iba contra la espectacularidad contemporánea, contra los
efectos especiales, contra los planos recargados y contra los esfuerzos a veces
patéticos de los realizadores de hacerse ver.»
Si esto es ya de por sí
sorprendente, no lo es menos que esta «pequeña gloria del arte puro» se deba a
la fe y a la asunción del riesgo de su director, pues él es de los que tienen
por bueno aquello de «qui no s’arrisca no pisca» (quien no se arriesga no
recoge). A la fe y al riesgo, en verdad, hay que añadir la intuición de que
esta película de presupuesto reducido (370000 €) y de financiación privada
podría funcionar en los festivales y de ser así permitiría trabajar en otros
proyectos. Y no fue de otra manera, pues huérfana de cualquier subvención por
parte de
Pero la fe, la intuición y la
asunción del riesgo no agotan la definición que pudiera hacerse de Albert
Serra. Este afortunado realizador es algo más, en primer lugar es filólogo, de
formación académica, y un escritor frustrado que intuyó en la literatura un
hueso duro de roer. Y de esa dificultad su escoramiento hacia el cine que,
según el mismo entiende, es más fácil y en donde hay menos competencia, por lo
que presenta más posibilidades de lograr el éxito.
Por otra parte, tal vez el
marketing sea aún necesario para este film, pero si viene de su director en
forma de pretenciosa petulancia («…es la película más original y extraña que
podrán ver este año en los cines y, probablemente, en los últimos diez años»)
lo poco o mucho que se le pudiera haber atribuido acerca de su vanguardista
saber hacer, y sobre todo una vez que se ha visto su trabajo, se desvanece casi
por completo. El «menardismo» de este cineasta queda patente en el anacronismo
deliberado que muestra al tratar temas antiguos y hasta milenarios, y que ya
han sido abordados por otros realizadores, así como por la arrogancia que
implica el atribuirse una más que dudosa originalidad.
En «Honor de cavalleria», o si
se prefiere en esta «aventura de un rodaje», predomina lo visual (luz natural,
sonido real simultáneo, etc.) sobre lo narrativo (diálogos reales), mientras
que con la inmersión en el ascetismo intuitivo y el ars poetica quizá se haya pretendido ejemplificar el arte por el
arte. Todo muy en la línea de realizadores como Tsai Ming-liang, Hou
Hsiao-hsien y Apichatpon Weerasethakul, y, más cerca de nosotros, de los
también heterodoxos Marc Recha e Isaki Lacuesta, quienes aborrecen, como Serra,
las películas prefabricadas y suelen combinar lo imaginario con la mitología
personal. Lo paradójico aquí es que este realizador decida que viene de lo underground y, sobre todo, que se
proclame autodidacta y maestro al mismo tiempo; mientras que lo sorprendente y
aun inquietante es que algunos críticos hayan entendido que esta producción
adolece de música, cuando, si bien y por suerte es ajena al soul, glam y punk que amenizaba
a «Crespià,
the film not de village», no falta en forma de murmullo del agua de los
torrentes, del que produce el viento agitando los sauces y los frenos, amén del
monótono y siempre sexual raspar de las alas de los grillos; a lo que suelen
añadir que carece de tema y psicología, cuando presenta una historia del sentimiento
de amistad, no sin pocas dosis de paternalismo, entre los dos únicos
protagonistas, el viejo hidalgo manchego encarnado por Lluís Carbó, y su fiel
escudero, que intenta representar Lluís Serrat, actores no profesionales, y
también por esa tradición Bresson, Ozu, Olmi y Pasolini están vivos en «Honor
de cavalleria». Este director del Pla de l’Estany, como sin duda se habrá
advertido, no ha conseguido zafarse de lo profesional en favor de lo artesanal.
Quizá no fuera esa su intención, al menos consciente, aunque entiendo que sí lo
era cuando priorizaba la inocencia de la mirada neorrealista y el trabajo con
el espacio y el tiempo, aspectos comunes al quehacer cinematográfico que abraza
la singladura de la moderna mentalidad investigadora en el séptimo arte.
Esta producción es, en verdad,
«quijotesca», aunque por otras razones de las que ordinariamente se pudieran
imaginar. Y es que la identificación a ese rasgo, bien a alguno de los
inquietantes funambulismos de la posmodernidad o a cualquier otra nadería con
ínfulas, quizá haya tenido algo que ver en la fascinación que ha ejercido en
algunos cinéfilos (espectadores y/o críticos) este viaje intemporal que deviene
aburrido a matar, rodado íntegramente en un exuberante paisaje natural que
naufraga en el movimiento, el cual se ve agravado por la gratuita búsqueda de
instantes destacables, como es el caso de la profunda oscuridad del paisaje, a
lo que cabe añadir, para mal de males, los soporíferos «tiempos débiles y
muertos», así como el pretendido hito técnico que representaría la mencionada
pureza de imágenes. No cabe extrañarse pues que esta película haya producido
hastío y aun estupor en aquellos que también le han dedicado un poco más de una
hora.
Pero de este trabajo hay que
decir algo más, como es que siendo de un director pretendidamente
«vanguardista» y aun «rompedor», deviene, a mayor sorpresa de legos y
consagrados, impenitentemente moral. ¿Qué le encomienda Alonso Quijano a Sancho
Panza, –quien, dicho sea de paso, sigue ciegamente, sin entender nada, a su
señor–, antes de «morir»? En sus parsimoniosos y enfáticos parlamentos, aquel
«viejo senil» le encarga al «gañán simplón» de su escudero la defensa de la
magnífica obra del Señor, de los bienes naturales que Dios ha otorgado al
hombre para su disfrute y alabanza eterna a su Creador. Este «Quijote» es tan
ramplón como predecible. El guionista entiende que no tiene sentido que el
celebérrimo hidalgo manchego se plantee el porqué de la existencia del mal, ya
que lo fundamental es que se agote en hacer comprender a su insulso escudero
las inquinidades del hombre, con lo cual eleva su locura al rango de
imbecilidad. A no otra cosa reduce lo adecuado y conveniente como concepto de
deber, el fin último de la realización de la praxis humana, y cuya prueba argumental
queda fundamentada en la contemplación del summum
bonum de la naturaleza.
Pero que Albert Serra se
identifique con el sentido moralizador de su producción no es aquí lo decisivo,
como no lo es tampoco imaginar que lo suyo es la sátira y, por lo mismo, que su
intención haya sido poner a caer de un burro al más rancio catolicismo
castellano encarnado en Alonso Quijano. Y es que el problema, al menos uno de
los principales en este Huidobro del celuloide es que del mismo modo que no ha
podido evadirse del profesionalismo cinematográfico, queda atrapado en un
anacrónico discurso moralizante que denuncia una avasalladora presencia del
superyó en la figura de Dios-Padre.
La sociedad constituida para
la producción de «Honor de cavalleria», Andergraun Films, prepara la próxima
película, que se basará en los tres reyes de Oriente, y «estará inspirada en
cinco o seis relatos bíblicos». El escenario escogido es Libia y en su defecto
Marruecos. Estoy convencido de que este proyecto, que tiene un presupuesto de 700000€,
deparará, junto a nuevos y quizá más merecidos premios, mejores expectativas
cinematográficas para este quijotesco y azaroso director bañolense.